jueves, 13 de octubre de 2011

miércoles, 12 de octubre de 2011

Adiós dioses de madera.

Les dije adiós mientras me apretabas contra la puerta y cerrabas el pestillo.

[…]

Y en qué momento empezamos a hablar diferentes idiomas para no entendernos, que hicimos autoinmolarse a las mariposas, viendo cómo se extinguía su efecto. No. No volverán las olas gigantes a las costas del pacífico, dijimos. Pero juro que las dos matábamos por mojarnos de nuevo.
Después…
Acabé como Shane. Sentada en cualquier bordillo, con las piernas abiertas, la cabeza mirando el asfalto y el flequillo rozándome las rodillas. Con la camisa de cuadros arrastrando, y limpiando restos de antiguas conversaciones que ahora mueren por mentiras. Con la cara desencajada. La hemos jodido, y esta vez he arriesgado demasiado. Yo. La más detestable, la más opaca y oscura, bañada en un domingo de sangre y ojos rojos ocultos tras las gafas de sol.
Pero hay veces en las que todo es…tan sencillamente genial. Pensando en la mierda que me ha tocado vivir. La mierda más bonita del mundo. Bonita y cruel.
Y tus ojos claro, tus ojos, me hacen volver a la realidad, desmontando mi teoría de armas y escudo que hasta ahora había sido invencible.
Y tus ojos claro, tus ojos duelen. Si no me hablas…





-H-

martes, 27 de septiembre de 2011

Seis años ahora no son nada.

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Así que era verdad. Al final te vas. Y a lo mejor me da por preguntarme si es que algún dia estuviste. Nómada. Tus maletas siempre me han dicho a escondidas que eras nómada del tiempo. Y del espacio, claro, del espacio también. Perturbando mareas de gente desconocida a cada movimiento de filas, relaciones públicas de los fondos de vasos. Descongelados, como los hielos que adornarán las paredes de tú/mi/nuestra casa. Ahora que te vas, el frio llega antes. No me arropes con una copia de llaves, aunque suene bien entre cervezas. El llavero está a reventar y hay demasiadas cerraduras para dormir esta noche.






-H-

martes, 30 de agosto de 2011

EROS.

Aquella noche el cielo lloraba de pena porque me había alicatado a un cuerpo que no me correspondía. Me había convertido en un parásito mudo. Molesto y confuso.
Matando lentamente a una víctima casi inocente presa de su propia ceguera y deseo.
Me pasaba las obscenas horas quieto, muy quieto. Observando cómo mi presa perdía fuerzas intentando entender por qué parecía tan ausente. ¿Qué esperaban encontrar mis ojos detrás de su propia niebla?
Pasó el tiempo.
Sin importarle la muerte inminente por mi presencia, mi rostro desconfiado o mi boca cerrada, él, cada noche se desgarraba para que sintiera lo mismo que sentía cuando me tenía junto a él.
Pero yo solo me dedicaba a estar allí, enganchado a su cuerpo, succionando su energía. Cada vez más grande y él más pequeño. Lo había dejado sin fuerzas, casi exhausto, aprovechándome de su cuerpo y de su puto amor, sin ni siquiera apartar la mirada de la pared.

Cerca del final decidí mirarle a los ojos. Él ya no podía ni moverse, casi ni hablar.
Yo, maldito parásito, lo había consumido, exprimido, y encima con su consentimiento. Decido apartar mis ojos de la fría pared y dejar que por primera vez nuestras miradas empapadas en contradicciones se crucen, y me quedé paralizado.
Me había dejado llevar por la comida fácil. Carroñero. Fácil e inalcanzable a la vez. Egoísta.

Saco fuerza y tiro del velcro que me había pegado a su mitad izquierda del pecho. Al principio cuesta, y duele. Hacía mucho tiempo que estaba allí, con él.
Tiro más fuerte, y me despego.
Empiezo a caminar hacia delante y en mi cara no se dibuja ninguna mueca de remordimiento por dejarlo tirado en la cuneta, sin aliento. Herido.
El mismo aliento que le había robado para seguir mirando al sol que se reia de la noche que había llovido, porque no daba ni un duro por mi.
Dejaba un cuerpo sediento atrás y un mundo nuevo, muy nuevo por delante.
Un parásito desnudo, complejo y con ganas de Eros en algún lugar donde no conocieran mi mala reputación.





-H-