miércoles, 14 de noviembre de 2012

...y en su cielo había una estrella que nos eclipsaba a todas.



Era como confundir el amor con el miedo a no tener una historia que contar entre cervezas y un << todas putas, todas musas>>. Era como buscarnos los abrazos e intentar oír la respiración de otra. Era como intentar emborracharnos para que quedase todo más claro.

Era pedirle al sol que le calentara menos que dos faros acercándose hacia ella a toda velocidad en mitad de la calle. A pesar de los miles de años luz del astro y la proximidad de un atropello. Eran tantas veces imaginando el golpe, que mira, el coche frenó.

Dio marcha atrás, calladito. Y muy muy despacio, mientras sonreía estúpidamente, se fue. Sin ruidos ni acelerones. Como una retirada justo a tiempo, un dedo en el gatillo, un cañón apuntando a sí mismo y un tiro con silenciador, todo seguido. Ella, ajena a su suerte, decidió mirar hacia arriba. Y vio nubes que eran meses y kilómetros y las odió. Preguntando cuándo volvería el calor que estaba tan lejos y que hacía tanto que no sentía, si vendría su estrella en forma de vuelo comercial por vacaciones. Allí se quedó, esperando. Quieta. En mitad de la calle. Con los ojos clavados en lo alto. Dejando pasar mujeres cometa y sin pedir deseos. Haciéndose daño en la retinas, y a saber en cuantos sitios más.

Fue como explicarnos las reglas del juego susurrándonos muy lento al oído y empezar la partida suicidándose. Empezar ya partidas.
Fue un “no puedo” señalándote las heridas del pecho en carne viva mientras yo, para equilibrar tanta sangre, abría más las mías.

Fue como estar en un desfile rodeadas de niñas rotas del que nos seguimos riendo y brindando por todos los trozos que nos clavamos.



-H-


“Y qué más da pedir un abrazo
queriendo un beso;

y vivir con las ganas 
y mentirles a ellas."


martes, 23 de octubre de 2012

Me llamó sol y me imaginé parte de su cielo.


<< ¿A quién echarán de menos los domingos para ser tan nostálgicos?>> te pregunté  hace unas semanas. Y mira que ni llovía ni hacía frío, porque ya nos encargamos nosotras de llovernos y calentarnos a lenguas y lenguas de distancia. Entonces supongo, que hoy te echan de menos a ti.
Eh, pero no nos asustemos por bailar así de lentos, es la insoportable levedad que se está llenando los bolsillos de piedras y pesa. Y se vuelve a insoportable carga y nos estrella contra la tierra, y ojalá que de ahí nunca nos levanten. Solo para volar hasta tu cuarto. Que joder, que alto vives y que grande me quedas. Tranquila que trepo y te inspiro alto – el cuello -, ya me di cuenta de lo bien que te sientan las cosas pequeñas entre los brazos.
Y en realidad el miedo. Que yo soy muy de correr, hacia atrás. Aunque diga que no,  aunque te diga que despacio, nunca me ha gustado tanto la velocidad como ahora. Nunca he deseado tanto estrellarme y no contra ti sino entre nosotras. Jugar a estrellarnos y acabar haciéndolo. Luego, entre los restos del choque te paras, y fumas, y te los lías como si fueran pequeñas obras de arte. Con la dedicación de cambiarles todas las cuerdas a la guitarra o como yo te miro el culo cuando me das la espalda.  Así claro, a mí me dan ganas de convertir las paredes en papel y liarte y fumarte condenando mis pulmones a tu veneno, al mono de no leerte. El cómo te mueves cuando te quemas y me desconcentras.
No me acostumbro a hablar en presente, ni quiero, pero las huellas de tus dedos siguen en el capó y en mi manos solo hay arañazos que te guardan el sitio hasta que vuelvas a ponerme de puntillas y nos den las seis y un par de hostias. Y embriagarnos en una bonita canción improvisada.


El vacío era el vacío       
y si no hay drama no hay teclas
 ni tinta ni nada.
Y vuelvo porque un día ella no me besó y yo,
me cagué de miedo.



-H-

martes, 26 de junio de 2012

La fée qui voudrait voler mais ne le peut pas...



No podría decir exactamente qué edad tenía, ni de dónde era ni cómo había aparecido en mi vida.  No podría explicar tampoco  esas formas, y esa mirada y esas ojeras. Esa manera de escribir mientras todo el pelo se le caía sobre la cara y  cómo se llevaba el lápiz al labio superior mientras suspiraba encogiéndose de hombros. Y mis ganas de decirle VEN.
A veces tenía ese aspecto de musa, de esas que han vivido desde siempre y que llevan a sus espaldas años y años, noches y noches sin dormir. Ese era el secreto, me confesó <<nunca duermo  cuando hay estrellas en el cielo. Sería imposible. Qué desperdicio>>.
Claro, luego me miraba con esa cara, que congelaba el tiempo. Esa cara de niña y esas ojeras milenarias. Que se contradecían. Yo también empecé a dormir por el día. Al principio solo era para hacerle compañía y para mirarla desde la otra punta de la cama.  Más tarde quedábamos en el centro de las sábanas y nos contábamos historias, casi todas mentira, como esta.
Su voz nunca se correspondía con la fuerza de su cuerpo, como intentando evitar las cosas inevitables que había que decir. Quizás por eso le gustase tanto la oscuridad, porque todo es un poco menos verdad, y menos real, y más camas deshechas. Sin orden, y con miles de utopías que estaba dispuesta a vivir con los ojos abiertos.
Ella me contaba el libro de su vida, cada noche un poquito, capítulo a capítulo, y yo, lamía sus heridas, más por adicción a la sangre ajena que para curarlas. Pero la escuchaba, y eso se me daba bastante bien. A veces quería ser yo quien le contara cuentos, y le acariciara el pelo, pero me callaba, porque nuestros silencios eran de esos que hacen demasiado ruido. Nuestros silencios eran bombas de relojería compactadas en cuatro pupilas y muchos dedos.
Una de esas noches me dijo que por las mañanas, cuando dormía(mos) y el calor la ahogaba soñaba con hadas. Que ella todavía creía en hadas. En princesas, hadas, y otras putas, claro. Princesas que provocaban guerras en países lejanos. Que mientras los príncipes les hablaban ellas fantaseaban con el culo de la doncella y hadas que, en sus cuentos, se follaban unas a otras hasta que no tenían fuerzas para volar.
También me dijo que se alimentaba de sueños rotos y por eso, pensé, se había quedado tan delgada.
Pasaban los días, y cientos de noches, y llegó la revolución de las contradicciones y contra-adicciones. Nosotras mismas nos habíamos convertido en hadas que por las mañanas se echaban polvos mágicos, y por las noches, sin prisa, hacían el amor.
Por primera vez tuvimos miedo. De haberlo idealizado todo, de ser más teatro que otra cosa. De haber ridiculizado nuestra habitación en Roma, o París. Miedo al futuro de conocerse por completo, de que se acabaran los capítulos que contarnos y miedo por esos sueños que son como la madera y en vez de quemarse, se secan.
Decidí, como siempre, huir. Sólo le dejé una nota entre sus libros; Todo lo que no es mío, ya sabes, lo escribo entre comillas, como "TÚ".
Y empecé a fingir dormir por las noches. ¿Cuántas ovejas necesito para volver a soñar contigo?



“Al final siempre quedamos tu yo”
Escribió  tuyo, sin conjunciones, como si hubiera algo nuestro.
Sólo había sido una errata. Preciosa.
Qué triste –pensé-.



-H-