sábado, 17 de agosto de 2013

Terapia para los hijos del psicólogo III



 Terceras partes nunca fueron buenas


Dijo: “Algún día todo  esto será tuyo” y terminó la sentencia con el dedo índice señalándose el pecho inconscientemente.
 El disparo de voz turbó todas sus arterias en dos sacudidas secas, en dos tiempos muy marcados. Sangre retrocediendo a cámara rápida, como una película rebobinada, hasta encerrarse en el corazón, que se hincha y multiplica su tamaño. Cierre de las válvulas.
Pum – primer golpe-.
Se congela la imagen.
Se congela el aire, labios muy azules.

Replay: Contracción y apertura de válvulas. La expulsión furiosa del líquido.
Pum –segundo golpe-
Un músculo vacio. Envasado. Carreteras atascadas de rojo. Piel muy roja, capilares repletos. Calor. Cabezas que palpitan y sudan. Dolor.

Comprender la herencia. Un ático del fracaso, publicidad de mi misma, una diana en la frente. Hijos de puta con muchas flechas.

Un  hombre cae al suelo con su índice humeante. El  niño que agarra su mano  hubiera preferido la colección de mariposas muertas. Pero dijo “algún día todo esto será tuyo” señalándose, y ahora tiene sus ojos y muchas deudas de orgullo.
En otra parte de la ciudad, una niña hereda la sumisión de su madre y el hermano, la agresividad de su padre.
Rabia, miedo, obsesiones, ignorancia, egoísmo,  la genética es muy puta, y nosotros en la cama jugamos a los barman sin título, cócteles de mierda. Futuros niños tristes.

Ni somos tan buenos, ni lloramos tan poco.


-H-

sábado, 6 de julio de 2013

Terapia para los hijos del psicólogo II


Microrrelato 

Me sorprendí cuando empezaron a llamarle Diego a secas.
Diego, dijeron. Y ya está. A veces era “Diego, tu padre”.
Me sorprendí  también cuando editaron su  nombre de las agendas de sus smartphones.
Tito Diego. Tito, borrar. Aceptar.
Para mí fue un poco cruel, esa forma de arrancarse el parentesco así, de golpe. Como si las nuevas tecnologías te ayudaran a olvidar más rápido.
Fue la peor Nochebuena de mi vida.
Arrancaron su nombre de la mesa igual que arrancaban las cabezas de las gambas. Igual que intentaban arrancarme una sonrisa durante la cena. Seguía siendo cruel.
Chupaban las cabezas. Menos mal que no les dejé hacer lo mismo con la mía.

No me gustan las gambas y ella lo sabe. Porque son cosas que se dicen cuando conoces a alguien. Me llamo Helena y no me gusta el marisco. A veces la gente se ríe por la contrariedad de la broma. Yo a veces, también me rió. A veces, también se reírme. 

No me gustaron las Nochebuenas durante muchos años y ella no lo sabe. Porque son ese tipo de cosas que no se dicen. No dices: Hola me llamo Helena  y borraría los 24 de Diciembre del calendario para siempre. Ya me siento suficientemente fuera de lugar como para hacer estas cosas.

Así que el día en el que me confesó que le encantaba la Navidad solo pude sonreír, pisar el embrague, luego el freno y esperar a que el semáforo se pusiera en verde. Dejarte en tu casa lo antes posible, yo ya sabía lo de tu cumpleaños. No pedirte el beso que quería que me dieras.
Porque no son las cosas que se hacen cuando conoces a alguien que te habla de la Navidad. No paras el coche de golpe, no te bajas y sobretodo no gritas en medio de la calle: ODIO LA JODIDA Y ESTÚPIDA NAVIDAD. Sin embargo si me hubiera gustado un beso.


Las cosas que mi padre se llevaba dejaban un vacío extraño y por fin  supe valorar el espacio que ocupan los objetos. También gané sitio en el armario y en las estanterías. Qué alivio. Qué bien.
La primera vez que me di cuenta de que no estaba, mi madre iba muy elegante y llevaba un vestido color gamba, o salmón, o gris (que es el color de un salmón pero por fuera). << A lo mejor al juez no le gusta>> le dije.  La segunda, decidí ir a comer con él todos los martes. A la rutina también se le echa de menos. La tercera vez, ya no me sorprendí. Ya, ni me molestaba en secarme la cara con las mangas.

El año pasado volvió a ser 24 de Diciembre. Ella no sabía que yo los odiaba.
Tampoco sabe que, inconscientemente, hizo que dejara de hacerlo. Así de inexplicable.
Y las cosas inexplicables son irresistiblemente bonitas.


Diego, tito, borrar. ¿Desea realizar el cambio? Si. Él les sigue llamando sobrinos. O no, no lo sé.
¿Desea realizar el cambio? No recuerdo que a mí me hicieran esa pregunta.
 Estúpidos smartphones.

Entonces decidí enviarte dos poesías. Por whatsApp. Estúpidos benditos smartphones. 



-H-


Yo ya sé a qué portal me llevaban todas las estrellas fugaces.

domingo, 23 de junio de 2013

Terapia para los hijos del psicólogo.


Aun estando sola, me desnudo con la puerta cerrada.
 Aquí, la extraña sigo siendo yo misma.



Empiezo a cogerle el truco a los magos callejeros que regalan poesía. Elige; la muerte o la vida. Dos putas encerradas en un puño. Puños muy suaves. Hostias de gigante. Pies diminutos.
La absurda manía de forrar todo lo importante, cuando  tendríamos que desgastarlo. Comer lasaña 30 días seguidos, una sola canción en continua repetición. Labios en carne viva. Comprar  muchas bragas iguales.
Pero.
 Eso no lo hacen las chicas buenas.
 Hay que acumular y conservar. Latas con fechas de caducidad (la metáfora de nuestras vidas).
Un pianista con su lata. Caducada. Y abre fácil. “Pero es que esta no me gusta”. Amor, con tanta comida y pasas hambre.
Fórrate el corazón. Que huela a plástico.
Cómo no vamos a estar en crisis si estamos forrados. Miradnos. Se nos salen los besos de los bolsillos.
Besos en monederos y billeteras, en las manos, en los bancos de madera, saliendo por los cuellos de la camisa. Muchos besos debajo del colchón. Plan de pensiones de besos (jubilados cogidos de la mano y felices). Paraísos fiscales de los besos.  Emilio Botín haciendo de Cupido a jornada partida. Especulamos hasta con lo más bonito. Claro, Judas también sabía querer a su manera.

La magia de dar sentido a un día de resaca. La magia de todas las manos que nos han tocado.
Los cojones.
Somos billetes de cinco euros manipulados y rotos.
Copiar lecciones de vida en un examen es una verdadera putada. Los libros de autoayuda no sirven de nada. Cortase con el papel y sangrar, mucho. Y no basta.
Hay que estar muy loco para construirnos todos de la nada.
Como  un living las vegas.
Jugar. Jugarnos, jugárnosla.
Apostar poco y perder mucho. Unas veces se gana y otras se aprende. Mentira.
Nadie se resiste a un desierto tan de colores. Y tan triste. Como una niña llorando con un vestido de flores. A veces pienso que deberían prohibirlas.
Quiero decir, nunca he jugado a las tragaperras, ni  tampoco nunca una zorra me ha gritado con rabia, pero me sabía de memoria eso de las musas baratas. Por lo poco que me costaba imaginarlas.
Viajar a las Vegas solo para llorar de pena. Alegrarse por la decadencia.
 Perder el avión y coger otro cualquiera. Hay que estar muy loco.  Para que quieran revivirme de cada sueño. Desfibriladores a las ocho en punto de la mañana.
 Tenemos que estar muy locos si no irrumpimos con urgencia en los hospitales para besar a todos los enfermos. Besar cicatrices de apendicitis. Besar tibias rotas. Agujeros de bala. Besar la frente de un esquizofrénico. Aplaudir a los valientes del depósito de cadáveres.
Del coma se sale follando, profundo. Del cómo, solo en un estado norteamericano no lo consideran delito. Las arritmias apenas son mamadas de atención. Y joder, a veces siento como si me fuera a explotar algo. Ojalá el corazón y no la cabeza.
Relájate, me dijo. Total, ya estamos perdidos.  Desde el momento en que empezamos a sujetar el pelo de los que vomitaban y sin embargo, no lo hicimos con ellos.

Esto iba de los miedos, y he acabado dándome muchísimo miedo a mí misma.
Somos conservas caducadas. Somos billetes rotos de cinco euros. Somos Las Vegas en pleno apagón. Las ganas de llorar incontrolables.  Somos artificiales; una vasectomía con condón. Somos lo que no apostamos. Todo a lo que no nos atrevemos. La ganas de huir.
Somos el dolor de cabeza de Jack. El sueldo de un psicólogo.
 Los estudios universitarios de los hijos del psicólogo. Me pregunto, ¿Quién les hará terapia a ellos?


-H-

“Y descarto llamarte mi vida porque tú vales mucho más que este desastre” 

viernes, 24 de mayo de 2013

Cámara del gas de tu risa.




Intento hablarte
De todo lo serio
De este circo que supone
Interpretarnos a nosotros mismos
A modo de comedia suicida.
De los siento que no siento.
Porque “deberían significarlo todo menos una disculpa”
Y las gracias que me sobran
Te hacen gracia.
Mucha. Muchísima.
¿Qué? Nada.

Lo más serio de las series
Los códigos de barras de labios
Y los actores del desnudo con vergüenza.

Intento decir
Todo lo artificial que había antes de ti.
Los polvos de estrellas
De Hollywood
-Nadie formó dos constelaciones iguales con tus lunares-
Y que no se atrevan a apagarte:
Confieso mi odio a las que hicieron que brilles un poco menos.

Pero ríes,
Y yo ya no sé qué hacer
Ni que haces
Ni que me haces
“pero por Dios no pares”
Que a estas alturas de tu boca
A estas alturas de puntillas
Le faltan caídas
Sin el “para”
Porque no quiero que pares
Sáltate todas mis señales.
Quiero golpes
-Esto va de tus manos traficando con todas las preposiciones de mi piel-
Sin importar fuerza, velocidad, distancia
Las conversiones de escalas nunca se me dieron bien.

Multiplicar por mil
Contarnos
Y pasarnos
A litros
De mar
Y cerveza.

Y vino
Todo lo que llegaba tarde y justo a tiempo
Te quiero de todos los formatos
Formas
Y sin orden
-el arte tiende inevitablemente a improvisar-
En esta habitación
Tan piernas arriba
Que la vida me cuesta abajo
Derrapando por todas tus curvas
Mal señalizadas
Y tus vértigos.

Verte, contigo
Es un morbo que estoy dispuesta a echar a correr.

Lo siento.
Por esa mala suerte tuya
de no poder
Besarte a ti misma.
-Que sabrán los yonkis de drogas-

Y lo fácil
Que le resulta a mis dedos
Hablar de tu cuerpo.
Que nos aten cuerdas y locas.
Y el nudo bien hecho
que nos hacemos con las piernas
me lo trago en vasos de cubata
Para poder decirte
Que quiero que te reviente la boca
Que me rompas los oídos
Que se enteren, por favor,
Los miedos a los que sigo llorando sola,
Que te ríes de todo menos de ellos.

Que te reviente la boca
Que  la mía ya lo hizo
Y de la fuerza, enmudeció.
Y sonrío al son de…
Tu risa me ha hecho daño una vez
pero sigue siendo mi foto favorita.



-H-